1 de febrero de 2008

¿ERA UN GUERRILLERO?


1. La Huelga

La zona petrolera se hallaba paralizada, la huelga protestaba una vez más por la última masacre ocasionada por los “paras”, y el sargento David llegaba con un destacamento del ejercito, al mando del capitán Martínez, David cumplía con la rutina y detenía grupos de manifestantes llevándolos en un camión al cuartel más cercano.

David los observaba en silencio y comprendía que todos eran campesinos como él, gente sufrida que estaba cansada de la protesta, que tenían un compromiso con su clase pero con mas deseos de morir seguramente que de continuar en una lucha fratricida guiada por los odios ancestrales de los cuales ellos no tenían conocimiento claro. Uno a uno subían al camión, cansados, vencidos por la vigilia de varios días de huelga, sin apoyo, sin comida, con la desesperanza pintada en sus rostros.

Esa noche David realizaba una ronda cundo de pronto vio a una niña de unos 10 años gritando por las desoladas calles, David corrió y la alcanzó, al tenerla cerca le preguntó por lo ocurrido, ante lo cual la niña solamente acertó a mirarlo con odio, unos ojos hermosos cargados de resentimiento y le dijo:

- Mi mamá se está muriendo por su culpa.

David se desconcertó y le pidió que lo llevara a donde se encontraba su mamá, y allí pudo comprobar la miseria en la cual vivía la humilde gente del puerto. Unos camastros desvencijados, una mesa destartalada y unos cuantos trapos viejos y remendados. Al fondo de la modesta vivienda una estufa de gasolina con una olla sucia y en el piso la mujer retorciéndose de dolor y a punto de dar a luz. David se acercó a ella y le preguntó en donde se encontraba su marido y la mujer apenas alcanzo a decirle que el marido estaba preso por la huelga y que él el sargento era el único responsable de sus desgracias.

La niña lo mira de nuevo y la recalca:

-Mi papá está preso y mi mamá se muere, todo por su culpa.

David sintió un estremecimiento en todo su cuerpo y se vio transportado al pasado, a la humilde choza del Valle del Ahorcado, allá donde había nacido alejado de la civilización en el pequeño valle enquistado en la montaña, donde el trinar de las aves funcionaba como el despertador en cada mañana y el transcurrir de los días era cada vez más lento, tan lento que nadie envejecía; la situación del país se tornaba cada vez más insoportable y todos los días se escuchaba el mismo reproche todo por su culpa, unas veces pronunciado por el jefe de la familia culpando a su esposa por lo ocurrido, otras por la esposa culpando al marido y otras contra él, contra David por una cosa o por otra siempre le hicieron sentir la culpa de todo lo malo ocurrido y por ocurrir.

El origen humilde y campesino de esta familia se reflejaba en su madre, una mujer cuya piel curtida por el paso inclemente de los años rememoraba las viejas caras de los indígenas que años ha, habían poblada la agreste región; por el contrario de su fisonomía la mujer tenía una personalidad débil siempre sometida al machismo de su marido, un hombre rudo, previsivo y desconfiado. Pero honesto y con ideas de avanzada. Pareciera como si en él confluyeran una serie de condiciones y características ideológicas dignas de mejor suerte, sí, quizás, si el hombre hubiera tenido alguna oportunidad en la vida otra podía ser la situación y no sería aquel campesino analfabeto cuyo principal sufrimiento consistía en no poder educar a sus hijos, él sabía que la educación sería lo único que los alejaría de la pobreza. Esa impotencia por no poder realizar su sueño lo tenía al borde la muerte, se estaba muriendo de tristeza.

En aquel lejano paraje no se encontraban oportunidades de trabajo ni de estudio, todo se manejaba con las ilusiones traídas por el vendedor de cachivaches cuando una vez al mes llegaba a estafar los miserables pesitos de los campesinos. Los militares si venían de cuando en vez con al ánimo de recoger los “presentes” de la humilde población y claro los políticos también venían en época de elecciones tras de los voticos con la falacia y el engaño siempre pintados en sus rostros sonrientes y cetrinos. Ofrecían el oro y el moro: escuelas con todo y maestros, una obra aquí otra acullá y el acueducto y hasta camiones para sacar los productos de la región a los mercados de la capital y una vez pasaban las elecciones y se llevaban los votos, a esperar nuevamente con el desengaño y la desgracia a cuestas, pero dispuestos a olvidar para poder vivir de la ilusión en la siguiente campaña, esa era la marca, el destino, el sino de aquella aldea olvidada de Dios y del demonio.

David el primero de los cuatro hermanos a sus siete añitos conoció del ordeño, del aseo en el establo, no le fue extraño el arar la tierra y el estar presto a la cosecha. El paso del tiempo y las ideas de su papá le llevaban a cuestionar todo en su alrededor... así llegó su cumpleaños quince, el cual celebraron con su hermano menor, las dos hermanas pequeñas, papá y mamá a la luz de una vela y en el marco de la miseria más espantosa, tomando agua de panela con el regalo del politiquero de turno, un cabrón bien vestido venido de la capital quien les ofrecía colocar a David en el ejercito a cambio de unos cuantos votos para la elección de gobernador del departamento.

David sintió llegar tal promesa como el beso de la mujer amada llega a los labios temblorosos del amante ansioso. La tentación fue enorme, salir de allí, vestir un uniforme militar, ganarse unos pesos, ayudar a su familia, arrancarle su familia a la pobreza, que berraquera.

La abnegada mamá pensaba en su hijo como “una tabla de salvación y porque no, unos pesos que el chinito se ganara y a lo mejor hasta se los enviaba a ellos”, sin embargo, no se atrevía a decir nada por temor al marido, bien sabía ella cual sería su razonamiento, el cual efectivamente no se hizo esperar.

-Ser militar es lo peor que le pude pasar al muchacho, cuál va a ser el trato a recibir en semejante sitio, David es apenas un niño y allí lo van a maltratar y lo peor de todo es que algún día termina matando a sus propios hermanos por ordenes superiores.

Tal razonamiento fue rebatido por el zorro político argumentando las posibilidades del joven a un cercano futuro, ropa limpia, disciplina, sueldo, futuro, educación, en fin el paraíso comparado con la miseria del Valle del Ahorcado.

2. El Desalojo

El cuartel general vio llegar un niño más, otro que se alistaba a combatir a favor del régimen, carne de cañón para la guerrilla. David compartió con otros campesinos llegados de diferentes partes del país y a los pocos meses se sentía orgulloso de su uniforme y lo que más le hacia sentir importante: llevar un arma al cinto. David se sintió el hombre más feliz al saber que nunca tendría que volver a labrar la tierra, no más miseria ahora tenia ropa, comida y...

Un año después David visita a su familia y su papá le inquiere por el estudio, es cierto que en el ejercito lo están educando, a lo cual el joven responde con evasivas

-Va mal hijo, le replicó el papá, solo será un chafarote más sin cultura, sin educación.

El devenir del tiempo en su curso inalterable traería nuevas inquietudes a la vida de David. Tres años después y ostentando el honroso titulo de cabo primero, conoció a Patricia, rubia ella, un poco regordeta, pero hermosa y allí cayó David. Regalos, atenciones y el poco dinero de David menguado, como menguadas quedaron las esperanzas de ayudar a su familia. Poco tiempo después decidieron vivir juntos y llegaron de nuevo las privaciones, pero con la esperanza del amor, con el secreto deseo de superar todos los obstáculos a punta de amor.

Un día recibió David la orden de salir con el teniente Martínez en busca de una familia, cuyo delito no era otro que el vivir en una choza ubicada en una finca del terrateniente de Pueblo Triste. David cabalgaba en silencio, sabía que las ordenes en el ejercito no se discutían, la obediencia es ciega, para eso lo formaron para obedecer las ordenes sin discutirlas. El canto de los turpiales y el “olor a campo”, el contacto con la naturaleza le rememoró su vida en el Valle del Ahorcado, a la par de la belleza del entorno llegó como hacia mucho tiempo no le ocurría, la figura de su papá, según rumores había sufrido un infarto, pobre viejo, pensó, y sintió el galope de su caballo retumbando en su conciencia.

Anocheciendo llegaron a la choza de la familia buscada, el paisaje no podía ser más desolador: una anciana, dos adultos hombre y mujer y seis niños entre los dos y los 11 años: rotos los vestidos, descalzos los pies, tristes los ojos, mudos los labios, pálidos los rostros, perdida la mirada.

Los pensamientos de David frente a la pobreza fueron rotos por el grito del teniente Ramírez:

- Fuera de aquí cabrones de mierda!

-No tenemos a donde ir, replicó la anciana.

El teniente golpeó al hombre en el rostro y la sangre corrió a borbotones, David sintió deseos de matar al teniente y acaricio su arma.

-A la mierda con las replicas aquí mando yo, esta tierra no es de ustedes, así que se me van largando señores invasores antes que se agote mi paciencia y les regale unas cuantas onzas de plomo para que tengan algo que llevar.

David vio alejarse a la humilde familia y sintió como propio el sufrimiento, pensó en los suyos, allá en el Valle del Ahorcado, donde en ese mismo instante Faustino su hermano menor salía al amparo de las sombras, con cuatro hombres cargando armas con rumbo desconocido.

El teniente Ramírez al ver como la familia desalojada se retiraba ordeno prender fuego al rancho y David pensó “ Maldito, para que sacarlos si había de quemar el rancho”

El jefe de la familia al ver arder el sitio donde pasó su vida entera, corrió hacia el teniente con un grito desgarrador salido de lo mas profundo de su alma... el teniente le mira fríamente y apunta con su arma callando para siempre aquel grito de desesperanza, iluminado por las lenguas de fuego que crepitaban en lo único que tubo en su vida, el hogar destruido para siempre en los recónditos lugares del oscuro paraje de la inconsciencia.

Aquella noche David se sintió culpable, pensó en su familia, en los desalojados y en su mente resplandecieron las lenguas de fuego y el martilleo el arma del teniente y se maldijo interiormente por no ser capaz de romper con ese círculo que le envolvía cada vez más y le hacia sentir la misma impotencia que sintiera su papá cuando no podía educarlos, él la sentía ahora al no poder hacer nada para frenar las injusticias y los horrores cometidos por el ejercito.

La noche siguiente de nuevo en el calor de su hogar, en brazos de Patricia no se hallaba, y en el silencio de la noche sus lágrimas brillaban al resplandor de los rayos de la luna filtrados por la ventana... la misma luna que iluminaba los últimos instantes de vida de su papá allá en su humilde rancho, las manos apretaban su pecho como queriendo atrapar la vida que se escapaba y el grito de dolor solamente fue ahogado por su último pensamiento, dedicado a sus hijos, después de David, el turno de abandono fue para su mujer; una noche cualquiera tomo camino con sus dos hijas y nunca se supo de su paradero y la noche anterior Faustino le había abandonado bien sabia él para donde se marchaba pero no quiso detenerlo, Faustino se marchó y se llevó sus últimas esperanzas. Ahora en su soledad sintió como la muerte le arrancaba por fin tanta miseria, sintió una alegría indescriptible por fin llegaba la muerte, por fin, terminaban mas de cincuenta años de dolor, de impotencia, de desengaños y de ausencia, cerro los ojos y sonrío feliz muriendo de tristeza.

3. El Encuentro

David se acomodaba a las circunstancias, su vida “fácil” no le pedía más, era una vida conformista, de simple rutina, muy diferente a la del campo, sin ropa, sin zapatos, sin dinero... No cambiaría su vida de militar por nada en el mundo, de su “sueldo” y de su uniforme no lo hacia desistir ni Patricia, ni el hijo de tres años, nada. Cobrar el cheque cumplir la rutina, lo demás no le importaba; sin embargo el silencio de las noches traía consigo algunos pensamientos, su papá muerto, su mamá y sus hermanas perdidas y Faustino desaparecido.

Los remordimientos de conciencia los olvidaba en brazos de Patricia, su única mujer, el único amor de su vida. Patricia le había enseñado todo en el arte del amor, lo consentía y le daba justo lo que debía darle, poco a poco, y con mucha maña lo tenía como dice el dicho “comiendo siempre en la palma de la mano”.

Pero el mundo exterior si cambiaba, la situación del gobierno de turno se hacia cada vez más insostenible, el proceso de paz se complicaba día a día por lo abstracto de los compromisos, por la falta de un verdadero cometido de cara al futuro, por la desconfianza de las partes, por todo lo ocurrido en el diario acaecer no se vislumbraba un desarrollo como lo exigía el pueblo, por el contrario la presencia de los paramilitares en todo el territorio y su disputa con la guerrilla por zonas cada vez más demarcadas dentro del territorio de la nación, hacían prever un futuro incierto un futuro cercano que David no alcanzaba a entender y que le marcaría definitivamente.

El ejercito y la guerrilla confrontaban cada ve más y David se resistía a creer que los “paras” tuvieran algo en común con ellos, no lo aceptaba y le tocaría combatir para de pronto comprender la realidad. Cuando recibió la orden de ir al frente de guerra sintió temor, por Patricia, por su hijo y por su vida, sin embargo, David no era cobarde y si tocaba marchar pues tocaba y punto.

Su despedida de Patricia fue dolorosa, era la primera vez que se separaban por algo realmente peligroso. David había sido ascendido a Sargento y con él, al frente de la tropa estaba el ahora Capitán Martínez, quien hubiera querido dejar el mando del grupo al sargento David. Pero, las ordenes son las ordenes y hay que cumplirlas.

Días después de marchar se encontraron de pronto y sin aviso con el enemigo, al otro lado del río estaba la guerrilla. Vamos a ver que tanto nos duran dijo el sargento a su amigo el cabo Pérez, campesino como él, y muy diferente al capitán quien siempre sacaba pecho por su origen citadino. A la madrugada vadearon el río, lentamente un pequeño grupo de avanzada se abría paso en el espeso monte encontrado apenas al salir del agua, atrás marchaba el grueso de la tropa, en fila india, bien espaciada para no dar ventajas a los rebeldes ocultos en el monte. Detrás de cada árbol, detrás de cada tronco la muerte asechaba, eso lo sabían muy bien los soldados.

Hacia el medio día el capitán dio la orden de acampar en un pequeño claro enclavado en la montaña, la primera guardia incorporó a David y uno de sus compañeros le dijo:

-Lo más peligroso nos espera al caer la noche, sin conocer estos berracos montes no sabe uno de donde diablos van a surgir esos malditos guerrilleros.

-La verdad es que no se que demonios estamos haciendo aquí, a la larga vamos a pelear con otros campesinos como nosotros, dijo David.

Su compañero lo miró con un deje de desconfianza y ambos escudriñaron el horizonte, en busca de algún indicio de los guerrilleros y no vislumbraron absolutamente nada, nada vieron. En cambio desde el monte centenares de ojos estaban atentos a cada movimiento de los soldados.

Esa noche nada ocurrió, la tensión era enorme, los nervios a punto de reventar, las armas prestas, los hombres dispuestos a la lucha. Solo dos días después cuando oscurecía el capitán se dejo vencer por la desesperación y dio la orden de penetrar el monte, con el arma en la mano le dijo a David: ¡adelantémonos a estos hijos de puta!

David fue a la vanguardia, unas horas después entro en pleno fragor de la lucha y al descender por una pequeña colina las balas les alcanzaron, David disparaba al frente pero nada veían, a su lado rugían las ametralladoras y sus compañeros caían uno a uno, al frente tenían un enemigo invisible y temible: la guerrilla.

El capitán fuera de sí gritaba: ¡al monte, allá adentro están, vamos por ellos!

Sin saber como David fue empujado hacia el monte y al adentrase en él, se sintió solo, avanzaba despacio con cautela, arma en mano y presto el oído, pero nada, de pronto tropezó con él, era un hombre joven, con una espesa barba y allí en la penumbra del monte David vio la sangre que manaba de la cabeza del guerrillero herido.

Lo remato pensó David, pero algo le decía que no, lo recogió y lo cargo unos metros sin saber que hacer, el hombre pesaba poco y tenía el uniforme roto y desaseado. David lo oyó quejarse y lo depositó en el piso, recostándolo en la hierba. Escuchó, no se oían disparos, que diablos habría ocurrido.

- Me duele mucho, gimió el herido.

Las sombras de la noche bañaban el monte y David apuntó con su arma al rostro del joven guerrillero, lo que vieron sus ojos lo dejaron perplejo, ese rostro campesino como el de él, esos rasgos físicos, la fiebre y la indefensión, más algo en esa mirada turbia que lo paralizaba.

- Agua por favor, gemía el herido

David le miró de nuevo y acercó su cantimplora los sedientos labios del herido, al tenerlo cerca no supo que hacer, dio media vuelta y abandono el sitio.

Al regresar tropezó con decenas de cadáveres de sus compañeros y al llegar al campamento fue duramente recriminado por el capitán Martínez, quien lo acusa de cobardía, de haberse escondido durante la pelea.

Al amanecer David recogió algunos comestibles y cuando pudo se internó en el monte del día anterior y encontró de nuevo al herido delirando por la fiebre y llamándolo por su nombre.

- David ven con nosotros, cárgame y yo lo guío al campamento allí estará usted mejor que en el ejercito, decía el herido.

David sintió enloquecer al darse cuenta de la realidad, el herido era Faustino su hermano menor, cómo era posible que estuvieran allí enfrentados y recordó de golpe las palabras de papá: “...y lo peor es que algún día termina matando a sus propios hermanos por ordenes superiores”

David pensaba aceleradamente en Patricia en su hijo, y si la guerrilla lo ayudara y le diera estudio a su hijo, y le respondiera por Patricia... sus pensamientos parecieran ser leídos por Alonso quien se apresura a decirle que le apure:

-Salgamos de aquí rápido, sáqueme hermano por favor, no lo piense más.

David no alcanzó a dilucidar estas palabras pues el grito del capitán lo saco de nuevo a la dura realidad.

-¡Mátenlos, a los dos, mátenlos ya, sargento cobarde, traidor!

Cuando el grupo de soldados abandonaba el lugar, el cabo Pérez miró atrás y se estremeció al pensar en dejar allí el cuerpo de su amigo el sargento David, el cuerpo ensangrentado y abrasado al guerrillero, abrasados los dos, unidos por la sangre y por la muerte.

El capitán Martínez lo observaba y le dijo:

- El sargento David nunca me agradó, no era hombre de fiar, era un campesino.

Bogotá D. C. Colombia. abril de 1978

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