4 de mayo de 2007

EL TLC RECOLONIZA A COLOMBIA

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Opinión publicada en Argenpres.com en Buenos Aires Argentina.
El mundo de la globalización neoliberal
Por: Jorge Enrique Robledo
Fecha publicación: 03/05/2007
Tema: Situación en Colombia
País/es: Colombia

Las razones de un denuncio por traición a la patria al Presidente de la República de Colombia, Alvaro Uribe Vélez, por su decisión de suscribir el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, exige dejar sentadas unas premisas que impidan que las razones de esta acusación se desvirtúen con falsedades o se desvíen con alegatos que reflejan ignorancias reales o fingidas. Que algunas de las advertencias sean en cierto sentido elementales no les quita su importancia, porque quien las comprenda y las emplee en sus análisis ganará capacidad de discernimiento frente a las falacias expresas o tácitas con las que suelen defenderse las concepciones y las medidas neoliberales (1).

Lo primero es decir que la oposición al TLC no significa rechazo por razones de principios a un tratado económico con Estados Unidos o con cualquier otro país de la Tierra, pues se entiende que los negocios internacionales (y los acuerdos que vienen con ellos) pueden ser positivos para el progreso de los pueblos, en la medida en que se definan a partir del más celoso empleo de las soberanías para proteger los intereses de cada nación y con el propósito de lograr el beneficio recíproco de los países que los suscriban. Pero como también pueden no cumplir con los dos requisitos señalados, dichos negocios y acuerdos igualmente pueden ser negativos para alguno de los signatarios, caso en el que no deben suscribirse, y más por parte del país que va a ser sacrificado. "Es mejor no tener Tratado que tener un mal tratado", dijo el premio Nóbel de economía Joseph Stiglitz refiriéndose a estos TLC.

La confusión que pueda existir entre algunos que piensan que todo acuerdo económico internacional es siempre positivo por el simple hecho de acordarse o que por lo menos los que vinculan a Estados Unidos sí lo son en todos los casos se explica por las ignorancias verdaderas o fingidas corrientes en Colombia. Pero demostrar que los intereses nacionales y los extranjeros pueden ser diferentes, e incluso antagónicos, no ofrece dificultades, como puede constatarlo cualquiera que desee hacerlo. Si se menciona el punto es porque, con sus astucias retóricas y las complicidades de que gozan para evadir los debates a fondo sobre estos asuntos, los neoliberales intentan pasar de contrabando una absoluta identidad que de ninguna manera existe entre lo propio y lo foráneo.

Es tan notoria la posibilidad de contradicciones entre los intereses nacionales y los extranjeros, así como el riesgo de que un ciudadano de un país pueda actuar al servicio de los intereses de otro, que en todos los países las legislaciones sancionan a los traidores. En Colombia, en el Título XVII, Capítulo Primero del Código Penal, se trata "De los delitos de traición a la patria", delitos que para este caso se tipifican así: "Artículo 455. Menoscabo de la integridad territorial. El que realice actos que tiendan a menoscabar la integridad territorial de Colombia, a someterla en todo o en parte al dominio extranjero, a afectar su naturaleza de Estado soberano, o a fraccionar la unidad nacional, incurrirá en prisión de veinte (20) a treinta (30) años". "Artículo 457. Traición diplomática. El que encargado por el gobierno de gestionar algún asunto de Estado con gobierno extranjero o con persona o grupo de otro país o con organismo internacional, actúe en perjuicio de los intereses de la República, incurrirá en prisión de cinco (5) a quince (15) años".
Que un negocio nacional o internacional, grande o pequeño, pueda ser negativo para una de las partes se explica por la propia naturaleza del capitalismo, que no es un sistema constituido sobre la relación solidaria entre los individuos y las naciones, sino en todo lo contrario. En efecto, y como puede constatarlo cualquiera que haga el menor estudio al respecto, el capitalismo se fundamenta en el criterio zoológico de la competencia entre las personas y entre los países, competencia que tiene como objetivo supremo la ganancia y que es tan dura que considera económicamente válido y moralmente lícito hasta la ruina del competidor, sin importar que medien daños individuales, sociales o nacionales de enormes proporciones. Luego en el capitalismo las relaciones de beneficio recíproco entre las partes no solo no son las naturales sino que ocurren por excepción, cuando las partes equiparan sus fuerzas, realidad que entre los países solo aparece en la medida en que se esgrima la soberanía para decir No cada vez que el interés nacional vaya a ser vulnerado. Estas verdades son las que explican por qué todas las naciones constituidas conformaron Estados que definieron límites jurisdiccionales sobre los cuales ejercer sus derechos soberanos, condición sine qua non para evitar ser sometidas a tratos arbitrarios por otras.
Bajo el capitalismo las relaciones de beneficio recíproco entre las naciones se hicieron más difíciles en la medida en que el sistema evolucionó hacia los monopolios y la preponderancia del capital financiero, pues apareció el imperialismo, modo que requiere de la explotación de los países débiles para existir y el cual, sin renunciar a las agresiones colonialistas, maquilla su agresividad mediante el neocolonialismo, dominación que intenta ocultar y que ejerce mediante cipayos, es decir, a través de nativos de las tierras dominadas que actúan al servicio de los intereses del Imperio y que entre sus funciones cumplen con una de importancia ideológica primordial: ocultar cómo funciona la economía capitalista. Que unos actúen así porque se lucran de la dominación y que otros lo hagan por pusilánimes no modifica en nada esta realidad. Y que tales verdades sean de muy mal recibo entre los grandes poderes, hasta el punto de haber logrado casi excluir el uso de los calificativos imperialismo e imperialista, no implica que este y sus conductas no hayan existido y existan, sino que su poder se ha incrementado tanto que ni siquiera debe mencionarse, salvo que se esté dispuesto a pagar costosos peajes económicos, sociales y políticos.

Si algún país en el mundo de hoy puede recibir el calificativo de imperialista es Estados Unidos, convertido, de lejos, en el mayor imperio de la historia de la humanidad, según se deduce de su enorme poderío de todo orden y del conjunto de sus actuaciones, incluidas las más brutales y descaradas agresiones militares. Que este imperio y los demás que existen en el mundo nieguen su naturaleza mediante constantes invocaciones a la democracia y al empleo de instituciones financieras que se presentan tras el eufemismo de ser de la "comunidad internacional", pero que en realidad controlan con puño de hierro, no modifica la contundencia de los hechos. A la vista está el subdesarrollo de América Latina, región del mundo sometida desde hace décadas a los ucases de Estados Unidos –o del FMI o del BM o del BID o de la AID o de la OMC–, todos los cuales aparecen como unas "ayudas" que en realidad no existen. Y las políticas neoliberales o de "libre comercio" o como quieran llamarse son una evolución de las medidas de dominación de los imperios, que cada vez chocan con mayores dificultades para mantenerse en funcionamiento sin aumentar su expoliación al resto del mundo, como bien lo expresan las crisis que los sacuden con notoria periodicidad.

Es sabido que el "libre comercio" en Colombia –cuya señal de partida la dio el Presidente Virgilio Barco, así su definitiva implementación empezara en el gobierno de César Gaviria– fue la forma nacional que asumió el llamado Consenso de Washington. Y se conoce también que su aplicación nació de una extorsión del Banco Mundial, según lo explicó en El Tiempo del 27 de febrero de 1990 el ex ministro de Hacienda Abdón Espinosa Valderrama:

"El equipo económico del gobierno (de Barco) ha dado, en sus postrimerías, prueba de heroico estoicismo al guardar escrupuloso silencio sobre el origen de la mal llamada apertura de la economía colombiana. Ha preferido asumir valientemente su responsabilidad a compartirla con la institución de donde provino su exigencia como requisito sine qua non para desbloquear el otorgamiento de sus créditos.

En efecto, el Banco Mundial los tenía virtualmente suspendidos (…) Si (el gobierno) quería obtener nuevos préstamos, siquiera equivalentes al pago de capital, debía comprometerse a liberar sus importaciones, o, en términos más benignos, abrir su economía…

Anteriores experimentos de liberación de importaciones, también impuestos desde afuera como supuestos requisitos de la aceleración del desarrollo, tuvieron adversos resultados: estrangulamiento exterior en 1966 y recesión económica en 1981-82".
Comprender el capitalismo y el "libre comercio" exige tener en cuenta, por lo menos, las siguientes consideraciones de tan autorizados analistas. Según Milton Friedman, uno de los principales ideólogos de la globalización neoliberal, "Hay una y solo una responsabilidad social de las empresas, cual es la de utilizar sus recursos y comprometerse en actividades diseñadas para incrementar sus utilidades". De acuerdo con el lince de las finanzas George Soros, "En un entorno sumamente competitivo, es probable que las personas hipotecadas por la preocupación por los demás obtengan peores resultados que las que están libres de todo escrúpulo moral. De este modo, los valores sociales experimentan los que podría calificarse de proceso de selección natural adversa. Los poco escrupulosos aparecen en la cumbre". En palabras de Colin Powell, Secretario de Estado de Estados Unidos, "nuestro objetivo con el Alca (que se convirtió en los TLC en el continente) es garantizar a las empresas norteamericanas, el control de un territorio que va del polo ártico hasta la Antártida, libre acceso, sin ningún obstáculo o dificultad, para nuestros productos, servicios, tecnología y capital en todo el hemisferio".Y a Henry Kissinger no le tembló la voz para afirmar que "la globalización es, en realidad, otro nombre para el papel dominante de Estados Unidos".

Pero ni siquiera de las peores verdades sobre la política exterior de los países capitalistas e imperialistas, incluida la de Estados Unidos, se concluye que Colombia deba aislarse del mundo o que al menos deba negarse a tener relaciones económicas y diplomáticas con esa nación. De ninguna manera. Lo que sí se deduce es que hay que repudiar la tesis ingenua o tramposa de que los colombianos seremos felices si, primero, hacemos felices a las trasnacionales estadounidenses de todos los órdenes, de donde sacan que la política exterior colombiana debe ser una extensión de la de la Casa Blanca, que en el territorio nacional solo debe producirse lo que le convenga a la superpotencia y que es de signo positivo entregarles a los inversionistas gringos y extranjeros la propiedad de la parte principal del aparato económico que se le permita mantener a Colombia, todo en medio de la miseria y la pobreza generalizadas que son inherentes a este tipo de relaciones internacionales. Y en especial se concluye que no existe ni la menor posibilidad de proteger el interés nacional en cualquier trato con el extranjero si quien tiene la representación legal de dicho interés, es decir, el jefe del Estado, en realidad representa las conveniencias foráneas.

La incomprensión entre muchos de la naturaleza rapaz del capitalismo se explica porque también es de su esencia ideológica camuflarse, empleando a fondo los eufemismos. Y de esto no escapa el TLC, como bien lo muestran tantas falsedades dichas sobre él o los quince cortos párrafos del preámbulo en el que se utilizan todas las palabras de moda para engatusar con sus propósitos, tales como "amistad", "cooperación", "oportunidades", "integración", "creatividad", "innovación" y "transparencia", al igual que las frases "reducir la pobreza", "beneficio mutuo", "combatir la corrupción", "salvaguardar el bienestar público", entre otras, en tanto que ni siquiera aparecen los términos utilidades, lucro, ganancias, enriquecimiento y aún menos se dice que su primer objetivo, y el que supedita a cualquier otro, es asegurarles altas rentabilidades a los monopolistas estadounidenses, de manera que se estimule su codicia que, como se sabe, es lo único que los moviliza. ¡A tanto llega el propósito de ocultar la verdad, que en forma ejemplar se cumple el adagio de que esta brilla por su ausencia!

Antes de demostrar por qué el texto del TLC implica causarle daños mayúsculos al interés de la nación colombiana, arrebatándole cualquier posibilidad de desarrollo en términos de la economía capitalista, valen otras consideraciones que pongan en su sitio las concepciones neoliberales.

Nota:
1) El denuncio legal, que contendrá aspectos que superan este texto de popularización, lo formularé una vez Alvaro Uribe Vélez y George W. Bush firmen el TLC, acto que debe ocurrir en la fecha que Estados Unidos escoja, dándole paso al inicio del trámite definitivo en los respectivos Congresos. En Colombia, si el Senado y la Cámara de Representantes lo aprueban, el Tratado deberá superar la revisión de la Corte Constitucional para que pueda convertirse en ley de la República. De ahí que incluso los uribistas calculen que, si el TLC supera todos los trámites, solo entrará en aplicación en 2008

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