14 de diciembre de 2007

EL TORMENTO DE LA TEMPESTAD







La lluvia y la última ilusión se entrelazan en los ojos del lacerado corazón
Por Fabio Alberto Cortés Guavita

- ¿Escribir? Será acaso que mis manos pueden ejercer la función enaltecedora de cantar el desflorar del alma como rosas mustias en la cámara fúnebre plena de presencia de la muerte. Acaso pueden mis manos mutiladas por el dolor describir las formas crueles con las cuales ha sido lastimada mi existencia doliente. ¿Cómo decirlas? ¡Cómo describir los sueños! ¡Cómo cantar tanta crueldad!

Así pensaba el Poeta en aquella noche de abatimiento, y presto ha dejar llorar su dolor en un cántico de amor, se dejo llevar por la musa de sus ensueños. Esparciendo aquí, allá y acullá fragmentos de vívidas emociones, pensamientos unas veces, sueños otras, y más allá el subconsciente dictando y confundiendo la realidad con el deseo, la irrealidad de las noches de insomnio, la soledad poblada de espectros, la ansiedad pletórica de engaños.

La habitación inmensamente sola como una tumba, el implacable orgullo de la eternidad, tendiéndole los brazos de los fantasmas que le amaron y que pronto le olvidaron en la intolerancia del sudario trágico.

- Heme aquí de nuevo –musitaba en letanía- gimiendo en la soledad bendita.

Soledad severa, hosca, huraña que grita:

¡Aquí se ha muerto! ¡Aquí se muere!

Y la muerte replicándole en murmullo: este es mi señorío, de nuevo te tengo entre mis brazos.

La neurosis de nuevo campeando, las visiones ingratas, las alucinaciones cual presa fácil, hacían de sus días un infierno y de sus noches el holocausto de los rencores... aquella noche...

Encima del tálamo de rosas se asedian los senos de la amada, y separando con ingenuas anuencias el vestido, él succiona los enhiestos pezones purpúreos: frascos donde se purifican etéreos venenos, ella comprime los muslos, virgirosos y enteros, donde el sexo incitado se defiende y esconde, al mismo tiempo que se estremece en voluptuosas ansias celestiales, al rozamiento de los labios que lo sondean obscenos. Al desfallecimiento de toda su divinidad palpitante, alcanza la mano entremetida liberar en un instante de sus evasivas piernas el delirante nudo. Las esperanzas integras en el alucinado frenesí, descubren el cáliz inmaculado de su cuerpo desnudo, y a una pausada tormenta de puñales lo entrega.

La postración y la pasión trastornaban sus sentidos a tal punto de no distinguir la realidad en su derredor, atinando a escribir la carta que nunca envió:

- Mira, amor, de pronto sentí deseos de escribirte una carta, bien quisiera entregártela yo mismo, y leértela para no dejar pasar nada de lo que quiero decirte. Como no quiero olvidar nada me valgo de la escritura, bien sabes tú cuanto me gusta escribir, y más si se trata de ti que has sido mi inspiración en los últimos años, recuerdas... allá en el campus.

Quiero que al leer esta carta te imagines que estamos sentados los dos, pero uno al lado del otro, sin interrupciones, como la vez primera, cuando la vida nos puso frente a frente sin saber por qué.

Te quiero contar algunos de mis sueños, hace unos días me llamaste para darme una alegría, querías verme, y esa noche soñé contigo.

El Poeta, el gran solitario, de ojos pardo-verdoso, tez blanca y pelo castaño y estatura media, levantó su vista y envolvió al auditorio sin mirar a nadie, acomodó su viaja pipa y dijo de manera concluyente:

- “La poesía y el amor son la clave, ¿una poesía amorosa para la creación? es una amalgama de funciones correspondidas entre la creatividad y el mensaje en discursos narrativos, en escarceos amorosos, y cuya originalidad se encuentra en la interpretación, en la dicción de las particularidades.

Así pensaba el Poeta y así hablaba a sus alumnos, ella entre ellos, se turbaba un poco y en su alma se encendía la curiosidad por saber como sería él en otras circunstancias. Para el Poeta más que la asignatura que debía “dictar” le encantaba escaparse por los vericuetos de la vida. Aquella noche había ocurrido algo singular, ella había aceptado que la acompañara. Los ojos de El Poeta se habían detenido en los negros y expresivos ojos de la linda jovencita. Al salir del claustro tenía una cita que cumplir con el reto, con lo que sin proponérselo sería su última esperanza.

Por vez primera en los últimos meses sintió el peso de la soledad de sus postreros años, el dolor inmenso, como un fardo en el lomo, y todo a causa de qué, de aquellos ojos negros y grandes con su mirada de promesas indescifrables, de aquella boca sensual de labios retadores, y la imagen de ella que se alzaba misteriosa y oferente como una evocación encarnada por el propio destino. Ella era un símbolo en oposición a la clemátide, era como un bálsamo redentor después de haber sufrido tanto, era como el resurgir de nuevo, el sentir naciente de una anunciación de vida plena, de amores escondidos, un himno de exaltación cual cántico de aves pletóricas de pasión erigida en campanario milagroso de invisibles promesas de amor.

El Poeta la conocía por ser ella partícipe de sus poesiadas, una chica especial realmente, que se caracterizaba por su aparente timidez, por ser divertida e independiente, quien aseguraba ser introvertida, fastidiada por la dependencia y deseosa de liberarse de todo lo que la asfixiaba. Aseguraba que su principal defecto consistía en querer que las demás personas hicieran lo que a ella la placía y mostraba una gran ansiedad por lograr lo que se proponía.

Había alcanzado una de sus preciadas metas y se sentía realizada ejerciendo labores de maestra de niños, pero sentía una gran inclinación por la creatividad publicitaria y decidía entonces abrirse campo en tal actividad. Se imponía metas y quería ser alguien pero no alguien más, sino alguien mejor.

Tenía una visión amplia que le permitía verse como una profesional notable, realizada como mujer, con experiencias que le ayudaran a mejorar y obtener un equilibrio social, afectivo, físico y psicológico.

Reconocía sus propias debilidades; su mal genio, la ansiedad, la manipulación y la introversión y así mismo mostraba sus fortalezas; su deseo de superación, su iniciativa positiva, la dedicación al logro de sus objetivos, su interés por todo lo que se proponía y su creatividad. Se mostraba inquieta ante las amenazas por su estado físico y emocional.

El Poeta la conoció tan profundamente que se sintió impresionado, ella encarnaba sus ideales y se enmarcaba en la teoría de Maesse, su amigo, por aquello del continum entre la debilidad y la fortaleza, el amor y el desamor, equilibrados en un estado interesante entre el ser y no ser, entre la duda y la certeza, entre el comprometerse y el evadirse de la realidad.

Días después de iniciar lo que él creyó sería la redención, se ofrendó de nuevo a los estertores de la muerte, El Poeta amaba de nuevo, la amaba a ella, la mujer ininteligible y enigmática, la mujer que le cautivaba con el señuelo del piélago y le clamaba con la inmensidad de su mirada clara y llena de deseo.

El Poeta la veía a ella alzarse ante él cual ánfora en mitad del sendero solitario de su destino, aterradoramente misteriosa como un sacramento, virtuosamente aciaga como el acceso de la cima. Y se aproximaba a ella aún sabiendo del vértigo que otrora marcara el rumbo por las resbaladizas rutas donde había transitado su alma en pos de la felicidad, hallando solo dolor.

Cuanto sabía el Poeta del despertar de los sentidos conducentes al vendaval infausto, al desperezar el corazón como el ala de un ave de rapiña en los más recónditos precipicios sosegados de su ser. Sentía que el amor lo postraría de rodillas una vez más ante la mujer, no se hacia ilusiones con su débil corazón, bien sabía él de sus flaquezas, del abatimiento pronto de su existir, sentía venir de nuevo la fatalidad del amor como un peso en su existencia, y lo peor aún, conocía que el terrible drama de su corazón no había llegado a su fin, aún faltaba quemar la última ilusión.

Lo triste del asunto es que no podía eludirlo, el amor ya se anidaba de nuevo en él como un salvaje despierto en su refugio, el amor presto, el amor inesperado, el amor desquiciado, el amor vehemente; como acontecían indisolubles los amores de su vida.

El fogonazo que le incendiaba como una ráfaga al prodigio de la primera mirada, de la primitiva sonrisa, del naciente beso, de la elemental caricia, de la piel, de los ojos de las mujeres que le habían de ser fatales. Era el redivivo resplandor que le deslumbrara ante la inocencia de Betty, al calor de la piel de Maríace, frente a la sensualidad de Artemisa, al desafío de la mirada provocadora de Martha, al encarar la sonrisa de Afrodita, ante la sexualidad de Isabel, a la resistencia virginal de Sandra y al contraste de la falsedad de Clemátide; ofrendándoles el corazón, como un madrigal ígneo extraído de las específicas profundidades de la gracia de Dios.

Idéntico frenesí estúpido, delirio de la sin razón, indomable potro que le hizo desplazarse encadenado como un cautivo ante la seducción nigromante y fatal de las mujeres, criaturas del enigma y del amor que aniquilaron su vida. Vórtice, remolino, el caos se abrió una vez más ante sus pies, al grito limosnero de la fatalidad, sin embargo, ese Amor le llenaba de resplandores intrínsecos y era como un magnánimo fuego en el solitario corazón, era la gran conmemoración de su vida que le inflamaba con el fuego de la divinidad.

El escuchar su voz aquella vez diciendo que la cita sería esa tarde, permitió que la ilusión creciera de nuevo, el pensar en verla y en que quizá aquella vez se resolviera la situación que en los últimos días laceraba el alma del Poeta, alimentó de nuevo la quimera.

La tarde gris, precursora de la tragedia, presagiaba lo que él intuía pero que no quería reconocer, el crepúsculo llegaba con las sombras del silencio declinando la última tonada de la vida, una vez más esperándola, y ella haciéndose esperar, eludiendo sin proponérselo el final que vislumbraba aquella alma entristecida. La decisión estaba tomada, por mucho que doliera había que hacerlo, el tiempo que se dejara transcurrir con el juego indescifrable del corazón de la mujer amada haría que la pena precipitara en estertores con la partida, eso lo sabía muy bien, él, a quien la soledad se le había convertido en la única mujer amante.

En el fondo de su ser el Poeta anidaba la última esperanza –como se llamaba a engaño- ella llegaría dispuesta a compartir con él ese amor tan grande, ese sentir que parecía olvidado ¡esa última ilusión! Como anhelaba aprisionar sus manos, sus labios, sus senos, brindándole las corolas de sus versos.

El corazón atribulado se preguntaba:

- ¿Existiría dolor mayor que la perdida de esa última ilusión? Aquella tarde, antes de salir, al mirarse en el espejo sintió de nuevo el peso de los años y sin saber en que momento se vio frente a una hermosa niña rubia, de quince años, Isabel era ella, quien una vez le dijera que él era el mejor hombre del mundo, que lo amaba y años después se casaba con su otro amor. El recuerdo de sus diecisiete años que se pretendía olvidado para siempre venía abruptamente a irrumpir como un mal augurio, un presentimiento sombrío como la tarde.

El reloj marcaba las cuatro en punto y la espera traía consigo recuerdos alegres de su relación última, la estudiante creativa, la mujer diferente, la dulzura de sus palabras -sonreía él- pero al igual recordaba cual evasiva había estado -se entristecía él- en las pocas ocasiones en que se pudieron ver sin testigos. Siempre había de estar alguien como espectador incomodo de sus escasos instantes de encuentro.

La espera se tornaba insufrible, dejaba correr su imaginación y la sentía llegar y saludar con un beso fresco de su linda boca y una sonrisa que le iluminaba el rostro de manera inasequible. Entonces se decía, si me besa es que existen esperanzas –que iluso- cuando ella llegó, tarde como siempre eludió su boca y colocó muy amablemente, como siempre también, su mejilla.

Entonces el Poeta pensó, listo, no hay nada más que hacer y vino la pregunta que abría de descifrar la actitud de ella en aquella tarde, en la cual las primeras gotas de agua les hacia buscar un refugio cercano en el cual poder conversar.

- ¿Qué deseas hacer? Y allí una nueva respuesta, bueno, no tan nueva era la misma de siempre.

- A las seis tengo un compromiso debo acercarme al hogar, debo esto, debo lo otro y siempre escapándose en lo etéreo de la nada.

De nuevo los recuerdos del Poeta volaron y allí estaba la niñita del colegio nocturno, Martha y su sonrisa pícara de diecisiete añitos -solo que esta vez el Poeta llegaba a los veintisiete- y diciendo no puedo, debo llegar a la casa temprano y a renglón seguido expresaba:

- Te amo, tú eres el hombre más especial, el mejor, pero...

La estancia a donde habían llegado no podía ser más sombría, más triste, la puerta gimió chirriando al abrirse, como si saludara con sus sollozos. Los goznes enmohecidos suspiraban, pareciendo reconocerlo; el sitio, otrora bullicioso marco de negociaciones importantes de publicidad con prestantes periodistas de la capital se encontraba vacío y ella escogió la única mesa en la cual no podían quedar juntos, en la cual quedarían frente a frente –bueno, pensó- por lo menos para decirnos la verdad estamos cara a cara. Un mesero, mas por su rutina que por brindar una verdadera atención se acerco y recomendó para la dama un Dubonet a lo cual ella aceptó y el Poeta en el mismo tono lánguido del mesero ordenó un Whisky en las rocas.

El discurrir y la monotonía de los primeros instantes se fue rompiendo poco a poco, tal como él lo había pensado, todo era perfectamente predecible, los sitios comunes, la vivencia, la locuacidad que pretendía prolongar lo improlongable, el temor a abordar de una vez la realidad.

El sitio de pronto cobro vida y allí estaba radiante la linda Maríace, la ejecutiva de ventas, con su hermosa sonrisa y su hoyuelo gracioso en la nariz, mirando fijamente a los ojos de él y diciendo:

- Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, tú eres un remanso de paz para mi agitada vida, ojalá no cambies nunca y cuando te necesite estés siempre ahí, pero... debes entender que lo nuestro no debe continuar, es mejor separarnos ahora, no quiero hacerle daño a quienes dependen de ti.

En el fondo el trío San Juan cantando: “cosas como tú, son para adorarlas...”

La conversación fue centrándose poco a poco a donde él la conducía hasta que llegó la pregunta obvia.

- ¿Qué has pensado de lo nuestro? No crees que es hora de que hagamos un alto y miremos qué va a pasar, por mí ya sabes que estoy dispuesto a ir hasta donde sea, tu sabes cuanto te amo, pero el amor no puede ser de uno solo se necesita la pareja para complementar ese amor y realizarlo, te necesito, te deseo, quiero estar contigo. El Poeta sintió que al decir las cosas así de pronto se aliviaba su alma.

Los enormes ojos negros de la linda jovencita le miraron con esa tranquilidad que da el no perder nada, el tener todo asegurado. Una ves más el Poeta vio reflejada la mirada de los personajes del maestro Vargas Vila, la mujer poderosa que todo lo puede, la que sabe como su sexo es el poder real de la situación, allí no existe nada más, solamente el poder de manipulación de la fémina acuariana.

El rostro de ella estaba deslumbrante, la coquetería de su rizo de cabello enmarcando su boca, esos labios que tantas noches degustó, esos ojos grandes y negros, bellos y hermosos, no daban señal de lo que su mente pensaba, menos aún de la sentencia que pronunciaría su voz tenue, su voz que invitaba a la cópula y al unísono la negaba. Lentamente como arrastrando las palabras fueron desgranándose una a una, al cual más dolorosas para su sentido corazón:

- Yo te quiero, tú eres maravilloso, tú me haces sentir bien, tú me has enseñado tantas cosas, tu madurez me guía, pero...

Allí estaba de nuevo, la historia repitiéndose, la mujer se convence no se vence y el amor como el respeto no se establecen, se inspiran. La vida no se hizo solamente para amar, es indispensable sufrir, dejar sufrir el corazón, dejarlo morir, existen almas que no desean ser amadas y menos aun ser consoladas. En instantes como el que se estaba viviendo las palabras sobran, la bondad se vuelve agreste, el consuelo es disquisición, el amor se encuentra con el odio en el extremo del continum, no existen los tonos grises, la melodía no existe, todo se acaba en aras de la mentira.

Ese amor puro, decidido, completo, con entrega y ardentía ese amor que solamente los hombres como él saben sentir, saben entregar, sin pedir nada a cambio, sin embargo, esta vez el Poeta había puesto una especie de condición para seguir, no estaba dispuesto a continuar algo virtual, pero el precio lo estaba pagando, que soledad de nuevo en su alma, que ganas de gritar, de decir no más, por favor... deseaba gritar el último grito mas allá de la rabia, el corazón se desgarraba en sangre, en una pena incolmable, inasequible y llena de desolación: el infinito dolor vive de nuevo en él.

Pero no, de sus labios no podía brotar el sentimiento que le destrozaba, el cansado león no se doblega, prefiere morir oculto en las breñas de oro del crepúsculo.

- Lo que tú sientes por mi no es amor, no es más que gratitud, algo de admiración pero no más, el amor es algo profundo es algo que te hace ir hasta el final, con entrega total a cambio de nada, es la gratuidad de la vida frente al egoísmo de la muerte. No teoricemos acerca de lo que tú sientes, amor es sentimiento, sin discusión, amor que raciocina no es amor.

De pronto los ojos de ella brillaron, parecía que las lágrimas brotarían de un momento a otro, pero no, eso no era posible, por qué razón si sus sentimientos no apuntan a lo mismo, a los deseos del sentir, y la angustia crecía proporcionalmente al agotamiento de la copa de vino, no podía ser más cruel la realidad, el momento se acercaba a pasos agigantados y él clamaba en su interior:

- Por favor, no agotes tu copa, que estas apurando mi existencia.

Cada sorbo de aquel vino que pretendió ser el inicio de una velada de ensueño se convertía gota a gota, paso a paso en el lento caminar hacia la tumba, el tic tac del reloj que conduce las almas hacia su destino.

De algo si estaba seguro el Poeta y así se lo hizo saber.
- Eres mi última ilusión, después de ti no hay quimera, no más, no vuelvo a percibir una mujer como lo he hecho contigo, no vuelvo a profesar por una mujer lo que profeso por ti.

Y en el silencio eterno veía desfilar el ataúd de sus ilusiones, pero extrañamente era un ataúd níveo el que desfilaba frente a la angustiada mirada del Poeta, quizá presiente que será la última, o quizá como presagio aciago del destino.

De pronto el silencio se hizo más evidente, al fondo seguía sonando la igualmente lúgubre música que otrora satisficiera sus sentidos, pero que en esta ocasión parecía el lastimero llanto del corazón, roto una vez más por la sinrazón y el desamor, y afuera la lluvia caía a cántaros como dirían los abuelos.

Como gritaba el corazón ensombrecido por la acuidad de la certeza. De una realidad presentida mil veces y otras tantas evadida.

Pero no se podía mas, el sentimiento brotaba a los ojos y ella le pedía que no la mirara así, como en tantas otras ocasiones la mirada de él era la voz de su corazón que con gritos de silencio, con desnudez de sentimiento le gritaba lo que sus labios se negaban a reconocer, que no le abandonara, que no matara la quimera postrer de su existencia.

- Qué sientes, preguntó ella como tímidamente al ver el dolor del hombre que luchaba por mantener la calma.

Él sintió una vez más la burla, la humillación, y como en un suspiro contestó:

- Rabia, angustia...

Por qué rabia dijo ella, más con sus ojos que con sus labios, y solamente atinó a decir el Poeta.

- Rabia conmigo, por mis equivocaciones, por pretender olvidar el muro que separa nuestras vidas, la distancia infranqueable de los años y la disímil interpretación del sentir.

Ella decía que no, que ese no era el obstáculo, que todo se debía al temor.

- Tengo miedo de lo que pueda pasar, tengo miedo...

Ella sentía miedo al ver que le pedían algo que no estaba dispuesta a entregar, algo que no había sido decidido por ella y de nuevo aparecía la fémina de Vargas Vila, la mujer que todo lo destruye, la mujer omnímoda y maldecida una y mil veces por el panfletario escritor de las primeras noches de angustia y soledad del Poeta.

Ella decía sentir temor, él sentía pánico, ante la perspectiva de la soledad. Los instantes se hacían eternos y la copa se había consumado como estaba extinguida la existencia de él, que se negaba a terminar su copa con la vana esperanza de no terminar con su existencia.

Afuera la pertinaz lluvia continuaba, pero no había más que decir o por lo menos las palabras no podían brotar a causa del dolor y las lágrimas de ella pareciera que brotarían en cualquier instante, ¡que lindos se veían sus ojos negros! brillando anegados por el agua de la lluvia que había logrado penetrar en los silenciosos corazones, ahora él presentía algo extraño, como si ella quisiera dar marcha atrás a su determinación y él a la suya.

Las manos de ella tomaban las frías manos del Poeta y en silencio, de una manera por demás extraña jugueteaban y recorrían. Sus manos eucarísticas, como hechas de primaveras y existencia de jazmines, manos de primor inverosímil, madrigales de clemencia y de indulgencia hechas para entrelazarse extáticas arriba en el pecho, o reunirse vehementes en la invocación.

Manos de exaltación, manos de delirio hechas para elevarse trémulas ante el creador; pero no formadas para detener ni para avasallar, manos renuentes al amor y a la caricia, manos perennes ¡Oh manos de adoración! manos que son poesías, manos que son flores ¡Oh manos salvadoras! ¡Oh manos veneradas! adonde ese cantar, adonde esta poesía.

El Poeta sentía unas ganas enormes de abrasarla y de decirle cuanto la amaba, cuanto sentía perderla, pero no podía y el silencio eterno precedía a la tragedia. La melodía calla en complicidad con el instante de dolor, el rumor se ahoga bajo el auspicio de la nada, se siente la fuga de los sonidos en concordancia con la soledad, como un éxodo real de quimeras, las euritmias flamean y se dilatan, en una cadencia de congojas níveas.

Salieron a la calle bajo la lluvia y el desbordar de los sentidos pudo más que la paranoia del destino, la abrazó, desesperado le dijo cuanto la amaba, y sus labios se encontraron en un febril instante y a esa caricia él sintió como si una ola de vida llegara, que extraña sensación de ventura, alma bienhechora, noble y pura: la limosna de la despedida.

- Dame tus labios, clamaba el Poeta, dámelos y musita, di cuanto me amas, expresen esos labios que se enclaustraron en flor sin que yo los afrentara. Quién los veló con el sello de la hora suprema, quién te odia tanto que no te deja amarme, no te vayas, no me huyas, deja que te mire por vez postrera sostenidamente, sostenidamente... permíteme besarte como no te he besado en la vida, déjame besarte por última vez apasionadamente, apasionadamente... sin embargo, ella no asentía, las manos se entrelazan y el corazón deja de palpitar en espera de una respuesta de ella, de una sola palabra que acabara con la tortura de la enajenación, pero no -que iluso era el Poeta- esa palabra jamás sería pronunciada por ella.

Caminaron bajo la lluvia, nerviosos, como queriendo olvidar lo que estaba ocurriendo, como evadiendo la triste realidad, con la esperanza de él, de prolongar por unos instantes la vida, y le murmuraba al oído:

- El tiempo que dure tu abandono rebasará una noche de desvelo sin estrellas, con estas voraces ganas de comerte tu sonrisa, de hacerte grandiosamente mía, como si no florecieran la existencia, la gente, ni las horas, mírame, estoy a punto de llorar, pues de pronto me doy cuenta que tu no me amas... y la incertidumbre se evade, eternamente sobre los inmutables árboles.

Siento una alucinación en la cual tus besos caen al agua como lágrimas mientras estoy encadenado de píes y de manos, silenciado debatiéndome vanamente. Pero no, no es verdad estoy despierto pensando que a pesar de todo algún día nos amaremos locamente, como si mañana, ahora mismo fuera la última vez, como si este fuera el gran amor de nuestras vidas, como si este pudiera ser el gran amor de nuestras vidas.

Por la estrecha avenida, bordeada de árboles, como si se tratara de un camposanto, retumbaba algo que a gritos desgarrados debería olvidar. Cuando salieron por primera vez y ella se entregó en sus brazos:

- ¡Oh! la emoción de su cuerpo divino reposándose en mí, vestida de rojo como un arbusto de coral –rumiaba el Poeta- te tome en mis brazos y te recosté, cayéndome de rodillas y besándote con bestial locura en tus labios, en tu garganta, en tus senos palpitantes y erectos.

La siguiente vez, se otorgó plena y amorosa, pero él pensando en ella no quiso -lo que a su entender sería profanarla- pues pareciera que estaba en busca de algo. ¿Qué habría pasado en ella? que de una manera tan frágil cedía a sus embelesos, y las manos del Poeta acariciaban la tersura de sus senos firmes, y su boca se extasiaba en ellos una y otra vez y las manos recorrían el camino de la vida en busca de su piel, de sus muslos firmes, y presuroso subía en busca del misterio, de la tortura, de la vida...

Que lejos estaba de vislumbrar la realidad, la de su propio menoscabo, del cual no hay responsables, por el cual solo él se arrepiente enclaustrado en su aislamiento y en la alacridad de sus recuerdos.

¿Y ella, acaso no siente, acaso es insensible al dolor, de qué puede estar hecha esta mujer?

“Si la amas déjala, si la deseas viólala” así clamaba uno de los personajes del maestro Vargas Vila, al aconsejar a su discípulo y el Poeta llegaba a la más aguda de sus contradicciones, él, amante eterno y excelso, él, que todo lo daba sin pedir nada, él, sentía de pronto que su lucha era estéril y que el maestro, su maestro de la infancia lejana, el de Aura o la Violetas, Lirio Negro, Las Rosas de la Tarde, emergía implacable del viaje sin retorno y se reía a carcajadas de su poesía.

El maestro le increpaba:

- “Ya conoces el trágico sino de tus veleidades ufanas, ella con sus ojos de bruja y el trágico gesto de su angustia, de sus labios de Sibila, te arrastrara hasta la sima, cómo luchar contra tu destino. ¿Cómo? Si el amor será siempre fatal como una maldición en tu existencia. Tu no encontraras el amor puro que imaginas, ese no existe, no puedes vivir como los demás por cuanto eres diferente”

- “Recuerdas a Germania, en Lirio Negro, no tenía aún veinte años; la gran diferencia de edad ¿No la asustaría? Yo había leído en sus ojos algo extraño, algo que no era aversión, ni siquiera indiferencia. ¡OH, si me amara!”

Las sentencias del maestro envilecían el alma del Poeta, que aterrado, secó sus lágrimas y quiso ponerse de píe, para huir del horror de sus visiones. Entonces apareció el monstruo de la soledad, enigmático y solemne con su mirada de loba en celo acariciando sus sienes se apoderó de su cuerpo lentamente, paso a paso, desgarrando con sus filudas garras el corazón abatido y mustio y fue succionando la sangre, los sentidos, los sentimientos, la angustia.

El monstruo de la soledad se encaramo en el cuerpo del Poeta, quien pasmado del terror no atinaba a entender lo acaecido, solo que el dolor era tan intenso que daba paso a una infinita calma, a medida que se secaba su corazón, la paz tornaba por vez última y el sentimiento desaparecía, nada sentía, el monstruo le quitaba la vida pero él recobraba la calma, que extraña sensación placentera la de la muerte.
Cuando despertó del letargo, el Poeta se entretuvo en sus pensamientos, ella aún estaba a su lado.

- Concibo que ella únicamente se solazó con mis sentimientos -dijo el Poeta- ella alimentó una esperanza con el transcurso del tiempo, abasteciendo el amor con sus palabras, con su voz, con sus miradas, con su forma de ser. Para qué, por qué. Oh misterio insondable el de la mujer...

Ya no se podía prolongar mas el final del final, una vez más sus manos trataron de encontrase, o de evadirse depende como se interprete, y el grito final, victorioso de la mujer sobre el hombre repitió la historia.

Allí, en instantes se decidió la vida. La última ilusión fue arrollada por un auto que veloz corría evadiendo la pertinaz lluvia y la pena derrotada por los gritos de la gente arremolinada alrededor del auto. Ella desde lo alto veía con una lágrima en sus ojos -que iluso era el Poeta, aún después de muerto- no podía ser una lágrima era el agua de la lluvia que caía de su hermosa cabellera y rodaba por sus mejillas, mientras él moría en silencio, ella ascendía la colina de la vida, del triunfo, el mundo estaba bajo sus pies, todo le sonreía, la vida, su juventud, el futuro,

En tanto él, descendía de nuevo bajo la más amarga de las derrotas, esta vez no había tiempo para resarcir el daño, el tiempo inmisericorde le ataba a la muerte, ya no había juventud, no existía esperanza, nada le sonreía, solamente le quedaba su pasado, triste y doloroso.

A lo lejos, lentamente el cortejo del níveo ataúd continuaba su marcha, blanco como las intenciones del Poeta que nunca quiso hacerle daño a ella, que solamente la amó, así sencillamente: la amó. Blanco como los pensamientos del Poeta después de la tragedia, pues solamente amor hay en su pecho, el rencor está proscrito de su entelequia, el dolor no logrará jamás superar al amor, la angustia de perderla no puede con la felicidad de haberla tenido, en él una vez más triunfa el amor verdadero, en ella... ¡cuanta razón tendría el maestro Vargas Vila!

El coche fúnebre llevaba la última ilusión en su viaje interminable, mientras él retomaba el viaje doloroso y miserable de la vida... de la vida sin ella.

Las últimas palabras de ella retumban en la mente del Poeta: no te pongas así, llámame... ¿Será una nueva promesa? ¿será acaso un débil, un tardío arrepentimiento?.

- Yo también tengo miedo, sentenció el Poeta. De lo que se avecina en mi alma, del Tormento de la Tempestad.
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