10 de septiembre de 2007

El Emprendedor Social

A partir de esta entrega estaremos publicando por capítulos un excelente documento de José Luis Coraggio con e tema EL EMPRENDEDOR SOCIAL. Fabio Alberto Cortés Guavita.

CDC v.23 n.61 Caracas ene. 2006

Sobre la sostenibilidad de los emprendimientos mercantiles de la economía social y solidaria*

JOSÉ LUIS CORAGGIO

* Trabajo presentado en el panel sobre «Nuevas formas asociativas para la producción», dentro del seminario «De la universidad pública a la sociedad argentina. El Plan Fénix en vísperas del segundo centenario. Una estrategia nacional de desarrollo con equidad». Universidad de Buenos Aires, 2 al 5 de agosto de 2005. El Plan Fénix es una iniciativa de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, que convoca a economistas y otros profesionales al debate y la búsqueda de alternativas económicas para la Argentina.

Resumen

Luego de afirmar la necesidad de niveles de análisis y de política que no se limiten a los indicadores macroeconómicos, se revisa la noción de sostenibilidad, crecientemente aplicada a los emprendimientos de la economía social, casi como una vacuna contra el asistencialismo. Se analizan diversas variantes operacionales de dicho concepto, planteando la necesidad de trabajar sobre las condiciones de sostenibilidad por referencia al conjunto de determinaciones de la realidad social, política y económica, y no meramente como un balance financiero. Se postula que la sostenibilidad debe plantearse en el nivel meso sociopolítico-económico y liberada del paradigma de la empresa de capital. Se afirma que requiere políticas públicas definidas con la participación de los actores colectivos de la economía, creando condiciones de credibilidad apoyadas en un proceso de aprendizaje colectivo.

Palabras clave

Economía social / Sostenibilidad / Hegemonía

Introducción

«La economía, en su expresión más profunda y abarcadora, es el sistema que se da una comunidad o una sociedad de comunidades e individuos para definir, generar, distribuir y organizar combinaciones de recursos (relativamente escasos o no), con el fin de satisfacer de la mejor manera posible e intergeneracionalmente las necesidades que se establecen como legítimas de todos sus miembros» (v. Coraggio, 2004d). En esta definición queda indicado el carácter histórico de todo sistema económico, el papel de la sociedad en inventar u adoptar uno u otro sistema, y el carácter político de la economía, tanto porque ese «darse» un sistema es producto de conflictos y luchas sociales, con democracias de baja intensidad, dictaduras militares, sistemas políticos autistas o al servicio de poderes económicos concentrados, o en el marco de procesos de transformación con actores colectivos fuertes y relativamente autodeterminados, para plantear algunas posibilidades.

En una larga transición epocal como la estamos atravesando, hay definiciones gruesas en las cuales toda la sociedad organizada y todos los intereses que en ella se constituyen deberían intervenir: ¿vamos a participar en la economía-mundo compitiendo o cooperando? Si vamos a competir, ¿lo haremos sobre la base de importar diseños y tecnologías, bajar los costos degradando el trabajo y las condiciones de vida de nuestros ciudadanos y acabando con la biodiversidad, o vamos a aprovechar y potenciar la combinación de una dotación de recursos con biodiversidad y las capacidades intelectuales, técnicas, comunicativas, creativas del trabajo humano y de las instituciones? ¿Vamos a adoptar el modelo hoy hegemónico, confirmando en nombre del realismo nuestra subordinación o vamos a repensarnos en el mismo proceso en que refundamos la democracia, admitiendo una diversidad de alternativas que deben experimentarse en la búsqueda colectiva de opciones para la economía? Para que la segunda opción tenga posibilidades de realizarse, la política tiene que ubicar en la agenda pública, y asumir como un desafío, el dar respuesta a la cuestión de qué economía queremos tener.1

Suele afirmarse críticamente que un plan para el país no puede quedarse en el mero diagnóstico, que hay que hacer propuestas. Esto debe ser cualificado. Un diagnóstico nunca es inocente. Siempre se hace desde una perspectiva utópica y siempre presupone los instrumentos de acción posibles. La pretensión de que se puede diagnosticar fuera de esos presupuestos es falsa. Por lo tanto, no se trata de hacer menos diagnósticos, sino de hacerlos desde otra perspectiva, o bien de explicitar, para quien no pueda deducir sus consecuencias, cuáles son las acciones que habilita y sugiere. Por otra parte, las propuestas suelen reducirse a consignas (como el «compre nacional« o el «shock redistributivo»), con escaso basamento analítico y poca ingeniería anticipada de la complejidad de las intervenciones y procesos que llevarían a habilitar un cambio como el que sugieren en la sociedad. En particular, consideramos muy lejanas de un plan las propuestas basadas exclusivamente en los modelos y esquemas de pensamiento macroeconómicos, relegando lo que la economía política y su crítica marxista, así como las antropologías, contribuyeron a la «caja de herramientas» del análisis de las sociedades, sus economías y su política. No hay plan efectivo sin superar el economicismo implicado en el modelo neoclásico o el keynesiano, que pretenden no sólo analizar sino construir una esfera económica relativamente autónoma de la sociedad y la política (que no es lo mismo que las intervenciones económicas de los poderes públicos).

Con todas sus limitaciones, el pensamiento macroeconómico riguroso puede producir proposiciones que contradicen el sentido común de los economistas del pensamiento único. Así, en el lanzamiento del Plan Fénix arriba mencionado, el presidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, Julio H. G. Olivera, propuso que:

... el desequilibrio primario es el concerniente a la producción y la ocupación. Este desequilibrio nace directa o indirectamente de la insuficiencia en la provisión de bienes públicos, desde la seguridad jurídica hasta la salud, la educación y la paz social. El deterioro así ocasionado en el proceso de producción afecta negativamente los ingresos públicos. El déficit fiscal resultante se traduce a su turno por el saldo adverso de las cuentas con el exterior (…) Los bienes públicos no son sustitutos sino complementos insustituibles de los bienes privados: esta es la idea directriz que se refleja en el Plan Fénix. Por lo tanto la actual recesión no es (...) una alteración transitoria del equilibrio sino una deficiencia crónica, una debilidad estructural, destinada a persistir mientras no alcance la oferta de bienes públicos el nivel indispensable para la plena utilización de los recursos productivos. (...) lo que está en debate no es una postura ideológica –estatismo contra liberalismo, planificación central versus economía de mercado– sino una cuestión científica susceptible de ser tratada objetivamente.2

Aunque hace referencia a la coyuntura previa a la crisis de diciembre del 2001, la idea de Olivera sigue siendo un eje orientador fundamental de cualquier plan (necesariamente político) para recuperar soberanía y regenerar el tejido socioeconómico, tanto de la Argentina como de cualquier país capitalista latinoamericano. Si los indicadores en 2003-2005 parecen señalar que se salió de la recesión, esto no significa que se haya superado la deficiencia crónica a la que alude el autor citado, deficiencia que, aun si hubiera la voluntad política para encararla, no podría superarse en uno ni en dos períodos electorales. Lo que significa que aunque haya crecimiento del PIB, subsiste la incapacidad estructural de este régimen económico para acompañar el desarrollo de una sociedad mucho más justa e igualitaria, con posibilidad de sostenerse y reproducirse sobre sus propias bases en interdependencia abierta con el resto de la economía-mundo.

Si nos conmueve y moviliza pensar la Argentina del 2015 (para asumir la fecha de cumplimiento de las metas del milenio), encarar ese déficit es entonces más que una propuesta para publicar: es un accionar estratégico y a la vez urgente, no admite esperas por el cálculo electoral, por la conflictualidad interpartidaria, ni por una conflictualidad social sumida en la lucha por ventajas inmediatas. Porque la brecha de poder y distribución de la riqueza y las oportunidades globales y nacionales se sigue ampliando, lo que hará cada vez más difícil encarar democráticamente la pugna entre incluidos y excluidos, entre los dueños del capital y los trabajadores del mundo, entre centro y periferia. Y lo es también porque se sigue erosionando la legitimidad de todo sistema democrático que funcione con base en formaciones políticas que reducen la política a juegos de poder, evadiendo –en nombre del «realismo»– la transformación de las estructuras socioeconómicas. Y todavía no conocemos una alternativa inmediatamente viable de sistema político que no tome la forma de algún tipo de democracia que pueda asumir la dirección moral de conjunto, en una sociedad moderna que forme parte –con contradicción– de un sistema-mundo como el que se está configurando.

NOTAS:

1 Esto es visto como utópico por muchos «realistas», en realidad presos del imposibilismo que ha instalado el neoconservadurismo como parte de su proyecto de regresión a las épocas de mayor desigualdad social y política. Un ejemplo elemental de que una sociedad puede decidir sobre estructuras económicas son el presupuesto y la gestión participativa bien ejercidos, o el caso del Uruguay, donde decisiones que en Argentina fueron tomadas por un poder que se constituyó con formas democráticas pero fue ejercido como una delegación total del poder, deben pasar por referendos previa información y debate de la sociedad, tal es el caso de la privatización de los servicios públicos.

2 «El Plan Fénix», discurso en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, el 6 de septiembre de 2001. Ver «Hacia el Plan Fénix, diagnóstico y propuestas», Enoikos, año IX, nº 19, pp. 16-17, Buenos Aires, UBA, Facultad de Ciencias Económicas.

3 Por ejemplo, es moralmente inaceptable que «el problema piquetero» (las protestas siguiendo el método de cortar u ocupar calles y caminos) sea instalado en la esfera pública como un problema provocado por un sector antidemocrático, y no como la evidencia inocultable por vallas y murallas de que la sociedad argentina está fragmentada, es brutalmente injusta y está políticamente paralizada para encarar su regeneración.

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